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 Lutxo Egia
Peiremans   -   Peiremans
Bonberenea Ekintzak - 2005
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Debía ser marzo o abril de 2005. Había viajado a San Sebastián para presentar Doctor Pasavento. Me hospedaba en el Maria Cristina, muy desmejorado por unos trabajos de reforma. Era imposible leer relajadamente la prensa local en el hall del hotel. Debido a esa razón me concentré en las páginas culturales, desprovistas siempre de toda carga dramática. Enseguida, una escueta noticia cautivó mi atención: tres individuos —en la fotografía formaban un trío arbitral— habían elegido el apellido de un malogrado jugador de fútbol para su proyecto musical. El nombre no era Zamora o Bakero —mi gran amigo mexicano Juan Villoro habría sido capaz de nombrar hasta veinte jugadores de la Real Sociedad—, sino Peiremans.

¿Quien era Peiremans? ¿Tan poco sabía de fútbol?

Leí varias veces la noticia buscando algún detalle que me llevase al misterioso apellido. La Real Sociedad había fichado al delantero belga Frederic Peiremans en la primavera del año 2000. Había pagado 600 millones de pesetas —el euro se me rebela inabarcable—. Por desgracia, Peiremans no llegó a disputar ni un solo segundo de un partido oficial. Tenía los músculos isquiotiviales hechos puré. Un año y medio más tarde, hundido en una depresión —gran proyección de la realidad política de su país—, se puso en manos de un médico de confianza. No había lugar a dudas: tenía el sindrome piriforme, es decir, la pelvis acartonada. No podría volver a jugar nunca al fútbol. Peiremans, visto lo visto, pidió una invalidez permanente. Y un juez se la concedió.

La noticia no daba mucho más de si. Los músicos —apunté sus nombres en mi libreta: Imanol Peiremans, Gorka Peiremans y Txiki Peiremans— parecían querer homenajear la figura del desdichado, del antihéroe, y, de paso, mirar irónicamente a un mundo que no iba a cambiar un ápice sus vidas.

Junto al hall los operarios taladraban ajenos al proyecto Peiremans. Para entonces yo ya me había convertido en un adepto —sólo deseaba que en el directo no fueran tan impresentables como aquellos Trapp de la Austria de preguerra. Bélgica, al fin y al cabo, no es sino una metáfora de aquel desventurado, un estado lesionado —y no únicamente en los isquiotiviales—, un falso fichaje de lujo, víctima de otro síndrome piriforme.

De pronto, de alguna manera caí en la cuenta de que la verdadera importancia del proyecto Peiremans no residía en la identificación con el perdedor. Iba mucho más allá. Peiremans había sido creado con una cuenta atrás. Llevaba en el dorso una fecha de caducidad, igualita a la de mis yogures de chocolate. El grupo había sacado un disco, iba a dar unos conciertos y luego se iba a disolver como una aspirina Bayer.

Pensé que no podía ser casualidad. A pesar de la barrena, hice otro esfuerzo titánico de rastreo y análisis: a Peiremans le habían fichado en junio del 2000. Dos o tres meses después de la publicación de mi libro Bartleby y compañía.

Volví por unos instantes a aquel libro y a aquellos días. Había dedicado una obra a aquellos autores que se habían negado en un momento de su vida a seguir creando. Los autores del basta ya. A todos los que por una u otra razón —y no hay mejor motivo que el hecho de no haberlo—, habían decidido refugiarse en el No. Antagonistas como Rulfo, Salinger o Rimbaud.

Miré por una ventana que quedaba a mi izquierda intentando abstraerme durante unos segundos. Peiremans, antes que nada, me quería advertir sobre el poder de la negación. Era un proyecto cien por cien camusiano, de esos que saben convertir la obstinación en virtud. En un mundo de creciente fugacidad sobre todo del hecho literario, nos aferrábamos inútilmente a la perdurabilidad. Peiremans, que duda cabe, era una aventura con un mínimo de sentido común.

De alguna manera es una forma de hablar, me vinieron a la mente Wakefield y el propio Bartleby, los personajes necesarios de Nathaniel Hawthorne y Herman Melville. Embajadores de la oposición ambos.

También me acordé y en esto si debió terciar el martillo neumático del Maria Cristina de Georges Simenon, el único escritor belga que conocía. Anti-Peiremans reputado, autor de 192 novelas y más de 1.000 cuentos. Amén de aquel testimonio que rezaba que se había acostado con más de 30.000 mujeres.

Me dirigí algo nervioso hacia el mostrador de recepción.

¿Dónde puedo adquirir Peiremans?

Para entonces la melodía del no que escondían las palabras del periódico me había desconcertado.

Los recepcionistas no sabían absolutamente nada. Opté, sin dar explicaciones, por explorar la parte vieja en busca de peiremans de carne y hueso. Había decidido escuchar una única vez el disco.

Hoy en vuelto a esta magnifica ciudad para presentar Dublinesca, mi última novela. Es otra búsqueda, que es de lo que se trata la buena literatura. Pasado el mediodía he caminado por una playa. El afilado viento cantábrico me ha obligado a atrincherarme en el hotel antes de lo deseado. En el hall me esperaba la prensa local. Una costumbre recomendable. Y al igual que cinco años antes, una breve noticia ha vuelto a turbarme: un grupo llamado Colemans está dando unos conciertos a la estela de aquel Peiremans bartlebyano.

He releído el texto profético. El bautizo se debe a un señor calamitoso, Chris Coleman, abreviado entrenador de la Real Sociedad. Un perito en la brevedad y en la desgracia, al igual que Peiremans. Inversor de la transitoriedad. Según el periódico Coleman es galés, nacido en Swansea.

Y en ese preciso momento he caído en la cuenta de que los galeses son avezados en la negación.




Lutxo Egia
Santander, 1969
Idazlea





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