Kafe aleak 112
k&g
 Estíbaliz Hernandez de Miguel
Iron & Wine - The Shepherd's Dog
SUB POP - 2007
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Recibí un mail y lo contesté, sorprendida. Aquel día estaba escuchando la versión remasterizada de “The Medicine Show” de The Dream Syndicate que me acababan de regalar y pensé que ese álbum no sería una mala elección para este proyecto, tan lleno como está de recuerdos irrepetibles. Sin embargo, según pasaban los días, más títulos se acumulaban en mi cabeza e incluso empecé a hacer una lista, que finalmente rompí, indecisa como soy. Por supuesto que hay muchos discos, decenas, cientos, que podría destacar. Sin embargo, no deseaba pensarlo tanto que mi intuición quedase sepultada. En los minutos previos a quedarme dormida, en ese instante en el que se me acumulan las imágenes y visualizo bocetos que más tarde he de dibujar, fue en un momento así cuando lo elegí. Yo sé que “The Shepherd’s Dog” de Iron & Wine es un disco importante en mi vida.


La música tiene un poder evocador incontestable. Hay canciones que te emocionaron que te vuelven a emocionar una y otra vez, que te trasladan al centro de escenas pasadas, conversaciones animadas, conciertos ruidosos, viajes o aventuras. No tengo ninguna duda de que este álbum en un futuro me plantará donde me encuentro hoy, pasada una encrucijada entre muchas, esperando la siguiente, tranquila y con la cabeza en las nubes. Ésta ha sido la música que más me ha acompañado este último año. Ha sido mi año más rupturista y cambiante, el año de perseguir sueños y hacerse ilusiones. Por eso lo escucho generosamente. Repetidamente. Sucesivamente.


Algo tiene que ver también que con el tiempo aprecio más que me susurren a que me vociferen. Y eso, Sam Beam lo hace extraordinariamente bien. Todas sus composiciones las envuelve en murmullos, como el papel de seda envuelve un regalo delicado, dejando ver la forma, el dibujo y acentuando la fragilidad de cada tema. Da igual que aquí y allá eche mano de acordeones, teclados, violines y otra profusa instrumentación, que yo sigo oyéndolo como si estuviera tocando en el salón de mi casa. Este disco es cercano y sentimental. Puedes oír la respiración, la poesía y los detalles de una producción sobria, decidida a mantener un sonido humilde y fiel al esqueleto acústico de las canciones.


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La primera canción, “Pagan Angel and a Borrowed Car” es una invitación a un viaje por carretera donde yo veo espejismos de Dillard & Clark y los Flying Burrito Bros a lo lejos. Pero quizá sólo sea cosa mía. Más tarde te adentras en un recorrido más apegado a su obra anterior, más relacionado con la caracterización de indie-folk que parece ser obligada, hasta llegar a “House by the sea”, inspirada, o al ritmo templado de “Innocent Bones”. “Resurrection Fern” me pone en modo contemplativo, una canción reflexiva que te obliga a mirar por la ventana para ver llover, cargada de tristeza poética. Probablemente la canción más mística del disco, el himno en el templo. Y llego a “Boy with a coin”, una sucesión de imágenes que van conformando un cuento con el que me deleito. Los primeros acordes y pequeños acoples me hacen mecer la cabeza ritualmente. Cuando la música va languideciendo al final del álbum, convirtiéndose en una melodía sin forma especial, Sam Beam comienza a cantar las primeras palabras de “Flightless Bird, American Mouth” a ritmo de una guitarra y una pandereta desnudas, y te desarma, volviendo a inyectar alma al fantasma.


Muchas veces, al acabar, dejo que vuelva a empezar, perdida la sensación de principio y fin y forzando a que la música suene en un círculo. Porque los días, los años, la vida va en círculos y los pensamientos también. Y no deja de sorprenderme ahora que en mi juventud no me imaginaba escuchando música que incluyera acordeones o violines, o música heredera del folk americano, que antes ya sólo la palabra me provocaba una mueca de desdén. Pero los sucesivos telones se van cerrando y el escenario se transforma y así lo hace también la música.



Estibaliz Hernández de Miguel. Portugalete, 1970
Ilustradora, bloguera
pintameldia.com






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