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Garbiñe Ubeda Goikoetxea
Peio Ospital eta Pantxoa Carrere - Peio Ospital eta Pantxoa Carrere
Elkar - 1975
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La infancia perdida

Nuestra madre solía tener el magnetofón encima del armario de la cocina -no había mejor sitio para protegerlo de esos pequeños accidentes-, siempre en marcha, sin dejar tan siquiera lugar a las conversaciones radiofónicas. Era un aparato negro, bastante moderno para la época, cubierto por una funda que simulaba ser de piel, y que se manejaba pulsando aquellas gruesas teclas que parecían de un piano. Le daba un toque especial a la vieja cocina, y una cierta lógica también, un cierto sentido, al espacio acústico que formaban nuestras paredes, a nuestras vidas, a la sintonía de quienes allí vivíamos.

Junto a la imagen del magnetofón, me viene la de nuestro hermano mayor, subido a  una silla metálica de finas patas, de puntillas, dispuesto a darle su ración al aparato. Tendría él unos diez años. En aquel momento que se me quedó clavado, mi hermano tenía un casete de portada azul, que en breves segundos rompió con la hegemoníade la trikitixa y nos trajo una bocanada de aire fresco; por la forma de cantar, por la dulce armonía de las dos voces, por la forma de hablar que se nos hacía tan exótica y desconocida, por los estribillos pegadizos y por el firme contenido de las canciones. Una cinta que escucharíamos una y otra vez, hasta que terminó enredada.  La caja de la cinta, con letras redondeadas al estilo de la época psicodélica, decía: Peio Ospital eta Pantxoa Carrere.

Aquel disco sin título diferenciador, llenaba nuestro espacio con un brillo especial. No era una mera recopilación de canciones. No se podía considerar según nos viniera en gana, bonito o feo, innovador o anticuado, emocionante o superficial, como si fuera otro disco cualquiera. Aquella era casi la banda sonora de nuestras vidas; nuestra inocencia, el instrumento que nos convertía en parte de la película que vivíamos en aquella época, la explicación de nuestro día a día, nuestra verdad de entonces.

Gracias a ello comprendimos que, precisamente, el 8 de marzo de 1977, cuando la los guardia civiles ametrallaron a nuestro tío no debíamos llorar por él (harengatik negarrik egin behar). Que se había ido de este mundo, sí, pero a encender una estrella en el cielo de Euskal Herria (Euskal Herriko zeruan izar berri bat piztera). Que pese a ser horroroso, antes de que le acribillaran a balas se iba a levantar y hablaría en euskera ante el verdugo (hiltzailearen aurrean zutitu eta euskaraz mintzatuko). Y que nosotros, los niños, hijos de las ikastolas, ardillas de bosque, teníamos que salir a la calle, porque eramos el futuro de nuestro pueblo (geure herriaren geroa).

Desde entonces muchos son los discos y los tipos de música que han ido formando la banda sonora de mi vida. Muy pocos, en cambio, me dejan un regusto tan amargo cuando los vuelvo a escuchar, muy pocos dejan en ridículo la nostalgia de la épocaen la que los escuché por primera vez. El contexto tiene bastante culpa de ello.

Desde que vivo en Hendaia, casi todos los años escucho Lepoan hartu eta segi aurrera, una de las canciones más famosas de Pantxoa eta Peio, y alguna otra canción emblemática. Suele ser en la Euskal Besta de agosto, todo el pueblo de llena de ikurrinas, lauburus, pimientos, pelotas, se visten elegantemente de baserritarras y por los altavoces, a un volumen idóneo para que se escuche en todo el pueblo, nos ambientan para la juerga vasca. La canción sale de un disco de pot-pourri, puesto en auto-reverse durante todo el día, después de la versión ¡Que viva Hendaya!  -sí, la de Manolo Escobar- y antes de la pachangada de Paquito Chocolatero. Vistas las tajadas etílicas que se ven ese día, parece el mejor acompañamiento para la vomitona.

Los sentimientos de nuestra niñez adquieren ahora la forma de anzuelo para los turistas, folclore barato, por desgracia.


Garbine Ubeda Goikoetxea
Tolosa, 1967
Escritora


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