Kafe aleak 26
k&g
 Josu Larrinaga
Txomin Artola  -  Belar hostoak
Xoxoa - 1978
bo

Espasmos agridulces

El aura plastificada.- A veces no se puede, o no se quiere, dejar de ser ampuloso, exagerado, siquiera por ser consciente de que uno va a escribir de tonterías, nimiedades vacías de significado para la mayoría de la gente: discos, esos objetos donde se enlata(ba) música y que van a desaparecer ya (bueno, igual desaparecieron el año pasado y no se ha enterado nadie)

Así que seamos ampulosos, tiremos de las mayúsculas, vamos a ponernos Apocalípticos, ahora que se acaba la Época del Gran Despilfarro. El modelo social del final del siglo XX se ha solido calificar de Sociedad de Consum(ism)o y eso ha traído consigo la explosión, el triunfo de la Cultura Pop. La Pop-ularización de lo que antes era propio de las élites, el arte, los objetos que eran arte no eran para el común de los mortales, sólo los veían, los disfrutaban, los sentían y pensaban los que sabían de eso, los que habían sido educados para ello, los cerdos no comían margaritas.

Pero eso trajo el Pop, los grandes gurús de Frankfurt y de otros Santos Lugares, con el pobre Walter Benjamin como vanguardia de la bilis elitista de aquel Adorno que despreciaba el jazz, predijeron que la Obra de Arte era imposible en la Era de la Copia Fácil, que así se perdería el aura. Hoy, hasta la última flatulencia del estomago (agradecido) de cualquier Artista tiene aura.

La Era del Gran Despilfarro, la que ha impulsado el Petróleo, nos ha dejado (¿para el recuerdo?) dos grandes tipos de Objetos con Aura: el Automóvil –ese asesino de masas diseñado para, además de contaminar y llenar el mundo, enseñar lo potente, poderoso, rápido y sexy que es la persona que se ha endeudado media vida para pagar por ello mucho más de lo que vale- y el Disco –uno de los dispositivos más perfectos para, a partir de la música almacenada en su interior, despertar los sentimientos y las emociones, y las reflexiones, que cualquier ser humano puede poner en marcha en su cuerpo- fabricado, eso sí, en plástico, un subproducto del proceso de refino del petróleo.

Si nos dirigimos hacia una sociedad post-fosilista –y así parece, ese recurso que gracias al Sol se ha ido acumulando en el subsuelo de la Tierra durante milenios, el Petróleo, nos lo hemos gastado en un solo siglo, la Era del Gran Despilfarro- los objetos auráticos se volverán cada vez más deseados, restos de un pasado glorioso que la gente tal vez odiará, pero mirará también con nostalgia. Sería lógico que se odie a los asesinos de masas con motor que ya no funcionan y se busquen con interés esos otros objetos que todavía pueden oírse en un tocadiscos que puede obtener la energía necesaria del pedaleo de una bicicleta estática (por ejemplo) y que representarán el resplandor de una época, en todo caos, dorada para la creatividad artística de un gran número de personas. Pelín apocalíptico, ¿no? Las profecías a medio plazo tienen una gran ventaja: yo ya estaré muerto para cuando toque comprobarlo, y –hum!- tu también… Y estas palabras serán basura informática o mas probablemente nada, cuando la Red empiece a caer. (Y el texto original en euskara en un libro sobre discos para leer mientras se moja la galleta en el café, ¿será lo suficientemente aurático para que alguien lo guarde?)

Bueno, pues seamos optimistas, tal vez ya estemos en Apocalypse Now! Y estemos saliendo a una nueva dimensión. La cuestión es que para algunas personas –en unos casos, muchas, en otros, unas pocas- algunos discos tienen aura, tienen, o producen, significado, atracción simbólica; reflejan las frustraciones, los problemas, los deseos y los sueños colectivos de la sociedad o el grupo social donde han sido producidos. O por lo menos así pueden ser interpretados. Eso queremos hacer aquí, hablar de dos discos, desapercibidos, puede que insignificantes, que reflejan dos momentos concretos de la historia de Euskal Herria en la Era del Gran Despilfarro.

En esa era Euskal Herria sufrió un potente Renacimiento. En los años 60 del Gran Despilfarro el euskara y la cultura vasca estaban en acelerado proceso de desaparición; por un lado el estado jacobino francés proseguía su labor de asimilación y homogenización tranquila y democrática, por otro, el estado franquista español parecía estar acabando su labor de negación y marginación de cualquier manifestación cultural que no entrase en los estrechos márgenes definidos por su única cadena de televisión. Con la marca euskal iba a quedar un poco de folklore, a saber, igual ni siquiera hubiesen encontrado nunca las posibilidades comerciales de la gastronomía. Pero en algunos ámbitos sociales de Euskal Herria (sobre todo en el sur, donde esas personas mantenían además una conciencia clara de ser los perdedores de la Guerra Civil española y de sufrir por ello una importante opresión) seguía existiendo una identidad basada en la noción difusa de Euskal Herria y en esos años se produjo un telúrico, carismático y visceral proceso de redefinición de esa identidad colectiva que echó mano de algunos recursos que estaban apareciendo en el panorama internacional, los recursos propios de la Cultura Pop, como generadora de identidad y sentido: ahí la nueva música del momento, la música pop, la redefinición de la antigua música popular a partir de los nuevos parámetros tecnológicos de registro, reproducción y difusión (amplificación electrónica, estudio de grabación, reproducción electrodoméstica, medios de comunicación de masas).

En Euskal Herria ahora se está dando mucha importancia al análisis histórico de todo ese proceso –y tal vez también haya que analizar su reflejo musical- que ahora parece que se está cerrando. Pero aquí sólo vamos a traer las vibraciones, los espasmos agridulces que nos producen dos discos de esa época, que casi no han dejado rastro, pero que nos parecen muy significativos, aunque esas músicas se vayan perdiendo como las lágrimas de Batty el replicante en la lluvia pertinaz.

Alfalfas y otras hierbas.- En 1978 se podía ser hippy en Euskal Herria, se olfateaba una especie de love summer. El franquismo agonizaba, estaba naciendo lo que iba a ser la democracia española y la perola de la cultura vasca borboteaba después de años de lento pero seguro cocimiento en las catacumbas anti-franquistas. De punta a punta del país jóvenes urbanitas pasaban el verano aprendiendo euskara en recónditos caseríos, entre heno y alfalfa gozaban de los flores de hermos@s aldean@as, mientras fumaban otras hierbas recientemente conocidas, los músicos más enrollados ejecutaban las melodías del país según los mandamientos deconstructivos del free-jazz, los presos salían de las cárceles y aparecían nuevas luchas que tenían una dimensión cósmica: en las calles se generalizaba la lucha contra el monstruo nuclear.

En Hondarribia vivía un hippy de esos, ilustrado y viajado. Txomin Artola era hijo del cantor de los pescadores y gentes del mar de su pueblo, pero había viajado a tierras inglesas con su guitarra, había tocado en la calle en mañanas lluviosas y tardes soleadas y había vuelto para tocar el banjo y el contrabajo en un disco rompedor de un artista que –con otros, no tantos como trece- había inventado la nueva música pop vasca bebiendo de la tradición y de la vanguardia, se llamaba Mikel Laboa y siempre tuvo un gran olfato para buscar músicos para sus canciones desnudas. Artola montó luego un grupo de folk, Haizea, para revitalizar las melodías tradicionales del país como habían hecho Fairport Convention y Pentangle con las de su también lluviosa tierra. Pero ahora iba a dar otro paso adelante, iba a liar a unos potentes rockeros del norte del país para traer a Euskal Herria el sonido nervioso con el que Bob Dylan había inventado el folk-rock.

Errobi menos Anje Duhalde es igual a Mixel Ducau a las guitarras, Beñat Amorena a la batería y Jean Phocas al bajo; plus los teclados de Robert Suhas, los coros de los niños Artola y el propio Txomin con el piano, la flauta, contrabajo, xilófono y sobre todo guitarra y armónica. Chaqueta blanca, gafas de sol, la fender colgada del hombro, un artista de Woodstock en los festivales a favor del euskara del verano vasco. El disco se llamó Belar Hostoak, hojas de hierba(s).

Las letras eran del poeta norteamericano Walt Whitman, traídas al euskara por Lupe Artola y Juan A. Letamendia. Claro, no hay nadie tan hippy como Walt Whitman, la figura del cantor del siglo XIX fue importante para la generación beat –Kerouac, Gingsberg, Ferlinghetti, Corso, Snyder y demás- y así su influencia se extendió hasta le folk-rock. Whitman le canta a la potencia telúrica de la naturaleza, al poder cósmico de la humanidad, eleva por igual la belleza y la democracia. Todo es en su poesía (todo)poderoso, feliz. Whitman y Artola se estremecen de placer tumbados sobre el carro lleno de alfalfa pero sueñan con una ciudad que resista todos los embates de la tierra, reciben en un atardecer playero las vibraciones cósmicas de todas las estrellas del firmamento. Cuando todo es posible –como en la Norteamérica que estaba construyendo su independencia, como en la Euskal Herria que estrenaba libertad- no somos ni espacio ni tiempo, sólo gozoso camino.

Errobi (menos Duhalde) nunca sonó tan brillante como suena en este disco; las guitarras de Ducau tocan el cielo, acarician a Júpiter y las pleyades, el bajo de Phocas se ancla a la tierra y los tambores y platos de Amorena son truenos y silbidos del viento. Los hijos de Artola le hacen coros a la ciudad indestructible, alguno seguiría luego la senda del folk luminoso. Y la voz del padre forja un verano eterno y luminoso.

Ya, pero duró poco ese verano en Euskal Herria, volvieron los duros inviernos, pero eso ya es otra historia. (Belar Hostoak es fácil y barato de encontrar en CD bajo el sello de Elkar. La discográfica leridana Guerssen lanzó hace unos años una reedición del vinilo con muy buen sonido y cuidada edición. Todavía quedará alguno.)

Los límites de la locura.- Vinieron duros inviernos. La lucha antinuclear se convirtió en un choque (sangriento) de intransigencias, la cultura vasca descubrió los más oscuros rincones de la ciudad, allí donde solo van las putas y los basureros vestidos de amarillo fosforescente. El movimiento identitario vasco se bifurcó en dos direcciones casi opuestas: una parte se institucionalizó y descubrió que el negocio estaba en asfaltar los campos de alfalfa, otra se enrocó y acabó en un dinámica militarista insostenible. Pero esta parte encontró una paradójica legitimación en otros fenómenos de la misma época: una reconversión industrial que llevó al paro y a la desesperanza a dos generaciones y la actividad represiva de un estado español apenas democratizado que quiso imponer de nuevo la paz manu militari a una Euskal Herria que ya no podía ser así sometida: un fanzine literario de Durango sitúo en su portada lo que en los años 80 era una constatación sociológica para los jóvenes vascos: “Euskadi, el país menos movido, el que no está parado está detenido”. Sólo quedaba la revuelta y la gente joven encontró el punk, la música y la actitud para cubrir esa función.

Pero esa historia se ha repetido mil veces. Ahora vamos a 2008, cuando también esa ola ha pasado. En la última fase de la Era del Gran Despilfarro vivíamos en la sociedad del low cost. Todo barato, todo consumible, la factura en cómodos plazos. Cuando ese modelo se hundió unos pavos de Lazkao hicieron uno de esos discos que te golpea en la frente, directo, crudo, punky pero con melodías de clarinete, seco y enjundioso a la vez, desesperanzado, como los tiempos.

Artola (sin relación familiar con Hondarribia, que sepamos), Aldanondo, Jesulin, Zangitu y convidados parieron un disco humilde pero exacto, destilaron una mezcla de rock y folk casi perfecta, a años luz del raka-raka de muchas de sus anteriores experiencias punk y oi! en grupos como Brigada Criminal. Aires del punk-folk alcohólico irlandés, la pachorra del Johny Cash más anfetamínico y guitarras rítmicas plenas de mercurio salvaje. No hay grandes hallazgos expresivos ni nuevos estilos, pero rebosa un sonido tenso y brillante, las canciones cabalgan sobre la rabia contenida. Hace unos años la mega-estrella Bruce Springsteen se descolgó con un disco que quería homenajear al gran Pete Seeger lleno de himnos de los trabajadores norteamericanos. Pero donde aquel hacía arqueologia musical, los Fiachras hacen antropología social de la vida cotidiana.

Las letras supuran la rabia que viene del punk y el cansancio y la melancolía que te proporciona la vida. En castellano y en euskara, al modo autoglotofágico en que hoy hablamos en las calles vascas, avisan de que aquí siempre hay crisis. Que ya no hay espacio para los sueños, que las resacas de Speedy son las más auténticas, que se va la juventud y que sólo queda la precariedad y las incertidumbres existenciales. Que quisiéramos, que necesitamos aprender a olvidar, que todavía podemos encontrar lo que necesitamos en algún oscuro rincón. La crisis es total, también de una masculinidad herida que apenas se expresa en algunas letras introspectivas. En las otras, la mala ostia de una clase obrera que se ha quedado a la intemperie. No Holidays in Vasconia. Estos pringaos de Lazkao hicieron el disco que necesita la Euskal Herria de hoy, todavía queda alguna oportunidad para una buena parranda, conviene seguirles la pista para morir bebiendo con dignidad. Y si ya no aparecen más, tened en cuenta que parte de ellos tocan también con Bizardunak, otros que tal. (El disco lo sacó Bonberena Ekintzak y con el mismo sello hicieron otro en 2011.)



Josu Larrinaga
Sodupe, 1964
Musikazalea