Kafe aleak 39
k&g
 Iban Zaldua
Echo & The Bunnymen - Ocean Rain
Korova - 1984
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Suele decirse que todo arte pasa por tres etapas: una fase primitiva joven, después una fase clásica y, por último, la barroca; tras ellas, presumiblemente, viene la muerte de ese arte y -en el mejor de los casos- surge algo nuevo de sus cenizas. Suele usarse ese mismo esquema para analizar la evolución de los artistas y, a veces, expertos y amateurs llegan a acertar cuando lo hacen.

 

Si esa hipotética sucesión tuviera alguna base, el Ocean Rain de la banda de Liverpool Echo & The Bunnymen sería el disco barroco, después de los primitivos Crocodiles (1980) y Heaven Up Here (1981) y el clásico Porcupine (1983)  -sobre el curioso nombre del grupo (Eco y los hombres-conejito) hay versiones contradictorias, seguramente difundidas por los propios músicos, así que no me voy a meter en ese tema; es difícil decidir, en todo caso, qué parte del éxito deben los artistas a los nombres con los que bautizan a sus proyectos-. Echo & The Bunnymen es un grupo cuya carrera crece en la marea sónica del afterpunk junto a combos como The Teardrop Explodes, Magazine, Joy Division, The Sound, The Psychedelic Furs y otros. Al igual que los demás, comenzaron haciendo canciones llenas de angustia postadolescente, y ya se hicieron un hueco gracias a su primer LP -eso sí, en la liga de las bandas de culto-. Pero tras suavizar su nervioso sonido inicial en el no tan oscuro Porcupine, el cuarteto sintió la necesidad de dar un paso más. 

 

Echo & The Bunnymen era un grupo ambicioso, orgulloso y lleno de soberbia, algo casi de obligado cumplimiento -me imagino- si pretendes hacer pop en la patria chica de los Beatles. Esta vez, al contrario que en las anteriores, aderezaron las canciones con arreglos orquestales de cuerda y un romanticismo extremo y, para rematar la faena, eligieron París como base para grabar disco: tratándose de unos ingleses,  el colmo de la pretenciosidad, sin duda. Dicho de otra manera: la jugada les podía haber salido muy pero que muy mal; cuántos discos de esa índole no han fracasado estrepitosamente en este negocio… Pero a los hombres-conejito les salió bien: reunieron nueve canciones brillantes y, como por arte de magia, los arreglos orquestales se fundieron sin problemas con un sonido dominantemente acústico -hasta entonces la banda había sido más eléctrica, pero en este es notorio el uso de las escobillas en la batería y la presencia de las guitarras Washburn-. Tanto que, al oír estas canciones en directo, con los habituales instrumentos de la banda y sin la ayuda de la orquesta, se nota que falta algo. Y, en la historia del pop, hay pocos discos de los que se pueda decir tal cosa: en este momento sólo se me ocurre el Forever Changes de Love -y me atrevería a decir que Ocean Rain le debe bastante: el grupo conocía bien la música que se hacía en la Costa Oeste durante el Verano del Amor, y reverenciaban a los Doors-. De hecho, yo tengo una sospecha aún sin confirmar: que Echo & The Bunnymen copiaban y seguían los pasos de la discografía del grupo de Jim Morrison, y que por eso su cuarto disco, al igual que el cuarto de los Doors, debía ser un disco orquestal. Pero si fue así, los Bunnymen acertaron donde los californianos fallaron, con The Soft Parade (1969) -ese disco es aún, obviando lógicamente los posteriores a la muerte de Morrison, el disco de The Doors que peor acogida ha tenido siempre por parte de la crítica; Ocean Rain, en cambio, y exceptuando alguna mala crítica que tuvo en su época, se considera la cumbre de su carrera casi por unanimidad-.

 

Este disco, al igual que los buenos cuentos, tiene dos virtudes fundamentales: el comienzo -la primera canción de la cara A, Silver”- y el final -la última canción de la cara B, “Ocean Rain”, con la cual han cerrado sus conciertos durante años: por algo será-. No obstante, no hay temas de relleno: mucha gente señalaría la famosa “The Killing Moon” -el single con el que llegaron a situarse en lo más alto de las listas, un clásico ochentero- y, de hecho, ese fue el tema que me condujo hasta el disco, en su momento. Pero el tiempo es cruel con las canciones demasiadas veces escuchadas, por eso a día de hoy las dos citadas antes son las que continúan en la lista de mis preferidas; las épicas My Kingdom” Seven Seas”  ahí le andan también -poseo incluso el maxi-single de esa última canción, algo inaudito en mí, con lo agarrado que era en aquella época...-.

 

Tengo que reconocer que cuando pienso que admiro un disco como este me embarga una contradicción: no podría aguantar las cosas que se cantan aquí si las leyera en un poema o las escuchara en una película: All hands on deck at dawn /  Sailing to sadder shores / Your port in my heavy storms / Harbours the blackest throughts / / I'm sea again / And now your hurricanes have brought down this ocean rain / To bathe me again”: casi me sonrojo al picar el texto para este artículo. Pero con la música, al fundirse con esos violines, vete tú a saber cómo, esa estupidez romanticoide muta y, por alguna razón, me convence. Quizás porque, como decía Milan Kundera, en el lirismo que suele haber en la poesía, el poeta cede la palabra a su mundo interior, para hacer despertar, precisamente, sentimientos y estados de ánimo aletargados en el oyente. Y, para Kundera, en lo que se refiere al lirismo, “la música puede ir aún más lejos que la poesía, ya que es capaz de captar los más secretos movimientos del mundo interior, inaccesibles a la palabra. Hay, pues, un arte, en este caso la música, que es más lírico que la propia poesía lírica”.

 

Kundera se refiere a la música clásica, sin duda, pero yo creo que, en estos tiempos de decadencia posmoderna de la cultura, lo mismo puede aplicarse a la música pop. Yo, por lo menos, cuando oigo Ocean Rain creo en el amor. Tan firmemente como dejo de creer en el mismo en cuanto se acaba la canción. 

 

Iban Zaldua 
San Sebastián, 1966 
Escritor

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