Kafe aleak 65
k&g
Juan González Andrés
Tom Waits  -  The Black Rider
Island - 1993
bo


Julio, Tom y Noviembre


Su nombre era Julio, le gustaba la filosofía y tenía fama de personaje inadaptado y solitario. A mí me caía bien, aunque no llegué a tratarle demasiado porque íbamos a clases diferentes y él sólo pasó por el instituto de Bidebieta para hacer COU. De vez en cuando coincidíamos en el recreo o en la pajarera –llamábamos así al edificio anexo donde estaban las aulas–, charlábamos e intercambiábamos discos, libros y otros artefactos culturales. De todos ellos, sin embargo, sólo puedo recordar una cinta que me prestó un afortunado día de noviembre de 1994. Me comentó que era de su hermano y que sólo me la podía dejar una semana. “Es de un tal Tom Waits. A ver si te gusta”, me dijo Julio esbozando una extraña sonrisa.

Fue llegar a casa, introducir la casete en la pletina por la cara A y quedarme boquiabierto al escuchar a aquel tipo que profería alaridos a través de un megáfono: “Damas y caballeros, Harry’s Harbour Bizarre está orgulloso de presentar esta noche Rarezas Humanas bajo la carpa de la pista central. Así es, verán al niño de tres cabezas, verán el cerebro de Hitler (…) verán a Sealo, el niño foca que tiene aletas en vez de brazos, verán a Johnny Eck, el hombre nacido sin cuerpo y que camina sobre las manos…” Aquel arranque tan deudor de la película Freaks de Tod Browning me ganó desde el minuto cero, pero también lo hicieron las otras 19 composiciones, algunas de ellas cercanas a la cacofonía, entre las que figuraban polkas salvajes, baladas dislocadas y melodías que parecían emerger de una especie de cabaret infernal. Mis predilectas fueron y siguen siendo November, The Briar and the Rose, I’ll Shoot the Moon, Lucky Day y, sobre todo, la apasionante instrumental Russian Dance.

Por supuesto, conocí esos títulos tiempo después, cuando me hice con el CD de The Black Rider, porque la cinta de Julio no estaba identificada de ningún modo. Fue más tarde cuando supe que aquello que tanto me había impactado era la banda sonora de una pieza teatral dirigida en 1991 por Robert Wilson y musicada por Tom Waits, que también escribió las letras de las canciones. El libreto corrió a cargo del inefable William Burroughs, que empleó como base un cuento alemán del siglo XIX. Narra la mefistofélica historia de un hombre que vende su alma al diablo –el jinete negro del título– para conseguir el favor de su amada, a la que acaba matando accidentalmente con una bala mágica; algo similar a lo que le sucedió al propio Burroughs, que un día de borrachera abatió a su esposa de un disparo en la cabeza cuando ambos jugaban a emular a Guillermo Tell.

Aquella oscura cinta me condujo a otros formidables álbumes como Blue Valentine, Heartattack and Vine, Swordfishtrombones, Franks Wild Years o Bone Machine. Con posterioridad, he ido adquiriendo religiosa y puntualmente los siguientes discos del californiano (Mule Variations, Blood Money, Alice, Real Gone y Orphans) y he hecho acopio de un auténtico alijo de libros y grabaciones pirata. Pero en definitiva, fue The Black Rider –un trabajo que ni los melómanos más avezados suelen citar entre sus preferidos de Waits– lo que me transformó en súbdito de la voz de esparto que lleva más de quince años ilustrando sonoramente mis instantes más felices y amargos.

Siempre quise agradecer el descubrimiento a Julio, pero no hemos vuelto a hablar desde el día en que me dio la casete: una semana después dejó de aparecer por clase. Por eso tampoco pude confesarle que en los siete días que duró el préstamo puse tantas veces la cinta que terminó por engancharse en la pletina y quedó inservible.

tw

A partir de 1995, año en que comencé la carrera de Periodismo, intenté encontrarle por diversos medios a través de compañeros y profesores que, o no le recuerdan o también le perdieron la pista. No hay rastro de él ni en la orla ni en los anuarios del instituto, y tampoco saben nada los vecinos del barrio en el que supuestamente vivía. Es como si la tierra lo hubiera engullido...

Volví a acordarme de Julio la tarde de 2008 en que llegó al periódico la noticia que más ilusión me ha hecho escribir en mi vida: “Tom Waits elige el Kursaal para su esperado debut en España el 12 de julio”. Me quedé helado y sin poder reaccionar. Traté de sosegarme y al cabo de hora y media, recuperado del shock, redacté la información. Recuerdo haber vivido en una nube durante las semanas previas, hasta que un día me encontré sentado en el auditorio donostiarra disfrutando del concierto de mi vida. Salvo que vea de nuevo a Waits directo, sé que difícilmente experimentaré algo parecido en el futuro, tanto por la infinita emoción que me provocó su música en vivo como por un inquietante detalle que aún no sé decir si fue real o fruto de la excitación. Cuando el viejo Tom comenzó a cantar November me pareció que no era él, sino Julio, quien pedía auxilio a través de estos versos: “Noviembre me tiene atado a un viejo árbol muerto; avisad a abril para que me rescate”. Todavía hoy, esa siniestra imagen acude a mí cada vez que escucho The Black Rider, el disco con el que todo empezó.


Ilustración: Guillermo Ganuza, Tom Waits Donostian. www.guillermoganuza.com


Juan G. Andrés

Donostia, 1977

Periodista y fotógrafo


Creative Commons-en baimena