Kafe aleak 80
k&g
 Gorka Erostarbe
Dut   -   At
Esan Ozenki - 1996
bo
dut at by bobbybou on Grooveshark


Bidaia (El viaje)


No llovía, era un día de octubre bastante soporífero de 1996, bochornoso y lánguido. Un día apagado más de universidad. Las tertulias de la cafetería me aburrían y sólo nos divertíamos en el piso compartido y guarro de Leioa, mirando a The Simpsons, leyendo Karma dice o recordando los sketchs de Gazteak y Faemino y Cansado. Eso sí, era viernes. Los viernes siempre han tenido algo tentador, algo liberador. De niño, cuando volvía de casa de mi abuela, veía a jovenes vestidos con sus chupas en la calle. Escuchaba la música y el ruido de los bares (aún no sabía ni lo que era el rock), observaba los innumerables carteles que colgaban en las paredes y en el quiosco del Zelai Arizti solía haber conciertos. Los primos mayores, al volver de la calle, me traían historias relacionadas con la música. A los míos, en aquel tiempo, les gustaban Itoiz y Hertzainak. Desde entonces las noches de los viernes siempre han estado ligados a la música, sobre todo a los conciertos en directo, a los escuchados en el Matadeixe de Azkoitia y en el Gazteleku de Urretxu, aquel lugar que nos atemorizaba de pequeños.

Aritz había ido a Bilbo desde Donostia, haciendo dedo. Nos resultaba una aventura vivificante sacar el dedo y esperar en la cuneta a que alguien nos recogiera. Aún sin cumplir los 20, nos teniámos por rebeldes: no hacía mucho que habíamos leído Galdu arte. Fueron muchas las veces en las que viajamos de ese modo a los conciertos, y habíamos conocido a más de un personaje. Estábamos empezando a descubrir al personaje que habitaba en nuestro interior.

Entramos en el Kafe Antzokia sin mucho tiempo que perder. También tocaba el grupo suizo Weamen. Pero nuestro deseo ansioso era por escuchar al trío de Hondarribia. Para entonces Dut ya era trío. Recibimos aquella noticia a través del programa Igo Bolumena da Egin Irratia, y también que acababan de sacar el segundo disco. No sabíamos muchos más, pero esperábamos algo especial. Lo ansiábamos. Lo necesitábamos.

Conocí a Dut en otro concierto, casi de casualidad. Los vi por primera vez en el gaztetxe de Andoain, junto al duo Belly Button. Entonces eran cinco los de Dut. Antes de que empezara el concierto pude ver a Xabi Strubell en las inmediaciones del gaztetxe, en cuclillas. Parecía un pajarito, un birdy. Aritz me había comentado que sufría dolores en la espalda. Aritz y Agus eran más osados que yo, y vivieron desde las primeras filas el concierto que empezó con aquel tobogán sonoro que era Urtsua uda. Se desmelenaron a bailar. Yo, más tímido, lo viví en la parte trasera: Legea hil, Sexu mugarik ez, Itxura faltsuak, Hutsik dauden hitzak, Zurrunbiloa... Sentí algo difícil de explicar en mis entrañas. Aquello era algo que nunca antes había escuchado. Era otro sonido, era otro mundo para mí.

Pero, en realidad, aquel nuevo mundo despertó y se introdujo en mí en el concierto de Bilbo, y lo hizó de sopetón, con una bofetada seca. Fue una bofetada estética. Probablemente la bofetada que necesitaba en aquella época. Estaba algo asqueado con la música festiva, con las camisetas a rayas, y con los ritos del euskaldun jatorra. Algunos de ellos los recuperé posteriormente, como la afición al bertso y a la pelota. Nada más escuché los primeros acordes de Sokaren itzala, ostia al canto, estupor y estremecimiento interior, las dos cosas ala vez. Le miré al amigo hacia la mitad de la canción. El me miró a mí. Tenía cara de estar flipado. Mi cara debía reflejar la misma perpejlidad. La sombra de la soga (Sokaren itzala) nos cautivó, y nos hizo cautivos. Y no nos pudimos liberar hasta que finalizara el concierto. ¿Qué era aquello? ¿De qué sumidero interior emergía aquel sonido, aquella esponja absorbente, aquella fuerza? ¿Cómo diablos debíamos denominar aquella música? El predominio de la etiqueta tan cómoda y aburrida del post todavía no se había instalado. Era un triángulo milagroso el creado por Xabi, Joseba y Galder. Como si fuera el de Las Bermudas, me absorbió y allá me perdí. Para siempre. El local estaba hasta los topes, estaba rodeado de gente. Pero yo, fuera del mundo. El mundo de At me había engullido. No oía ni veía nada más. Había recibido una estética sonora nueva, una estética escénica nueva.

Aquello que había sucedido ante mis ojos en el Kafe Antzokia quise repetirlo una y otra vez, también en casa. Había comprado el CD en la Feria de Durango. Lo introducía en el equipo de música y yo mismo me convertía en protagonista. ¡Cuántos conciertos interpreté con aquella guitarra ficticia entre mis manos delante del espejo -sí, tal cual, ensayaba gestos y posturas por si alguna vez llegara a ser músico-, cantando una tras otra las canciones que había memorizado. Sokaren itzala, Fumut, Sortu eta haztea, Haize eza... la apoteosis llegaba con Eskuzuri y Bidaia. Ambos eran catárticos. Los vecinos debían pensar que había enloquecido al escuchar aquel Bidaia!!! que voceaba con rabia. Lo tenían que escuchar sí o sí.

At fue el comienzo de un viaje. Me abrio, puertas, ventanas, y sobre todo mi oído. Me cambió el modo de vivir y escuchar la música. En los primeros años de la infancia y la pubertad escuchaba la música sin tener casi conciencia de ello. Lo escuchaba a través de lo que me transmitían mis padres (The Beatles, Simon & Garfunkel y trikitixa, Laja eta Landakanda sobre todos ellos), o escuchaba lo que me llegaba por parte de mis primos (Itoiz, Hertzainak, REM, The Police, Duncan Dhu, The Communards...). En años de adolescencia escuchaba música para sentirme parte del grupo, parte del rebaño (Su Ta Gar, Negu Gorriak, Metallica o Etsaiak, que en aquel entonces no me gustaban nada...). Al empezar a escuchar a Dut empecé a sentirme especial. Especial, por un lado en el sentido más egonarcicista. Sabía que estaba viviendo y disfrutando algo especial, y que no era muy masificado, tampoco en mi entorno. Eso tenía su punto. Pero, me hacía sentir especial, porque empezaba a sentirme yo mismo. Decían lo que yo mismo habría querido decir. Y, sobre todo, en el modo que lo querría decir. Reflejaban del mismo modo cuestiones políticas y sociales como temas más introspectivos, pero siempre desde una poética especial propia. Algunas veces más oscuros, otras veces más luminosos. Siempre sugerentes. Y siempre con una conexión musical espléndida. Me daban la ocasión de sentir y de exteriorizar lo sentido. Me daban tantos motivos para emocionarme como para exorcizar la rabia. Era un rock vigoroso, de una apabullante solidez, pero al mismo tiempo tenían elementos del pop que siempre me había gustado. Me parecían canciones pop excelentes.

Empecé a escuchar la música de un modo diferente, de un modo más introspectivo, mas cercano al yo interior. Yo mismo empecé la busqueda, la busqueda de lo que me gustara. No me conformaba con aquello que me llegaba. Empecé a buscar, no algo que me hiciera sentir especial, sino aquello que me hiciera sentir yo mismo. No todo el merito fue de Dut y de At. Tuve conocimiento del grupo Pixies también por aquella época. Eran grupos diferentes, pero algo un tanto oculto los interconectaba en mi interior. Emprendí el viaje de la mano de ambos grupos. Sin ellos no hubiera podido conocer y disfrutar a los BAP!!, M-ak, Ruper Ordorika, Anari, Portishead, Mikel Laboa, The Smiths, Fugazi, Lisabó, Joy Division, Akauzazte, Bob Dylan, Leonard Cohen, Nina Simone, Bonnie Prince Billy, Cat Power, Dominique A, Kiko Veneno, Enrique Morente, Robert Wyatt, Migala, Robert Johnson, Mursego, Daniel Johnston y demás...

El día siguiente de aquel concierto transformador del Kafe Antzokia, emprendimos el viaje de Bilbo a Zumarraga a dedo. Una pareja de montañeros nos llevo hasta Durango, y una chavala macarra y simpática desde allí hasta el pueblo. En dos farolas de Bilbo y Durango dejamos escritas sendas pintadas a bolígrafo: Dut (At) y Sokaren itzala. El viaje emprendido en aquel viernes caluroso del octubre de 1996 no ha acabado todavía.



Gorka Erostarbe
Zumarraga, 1977
Peritonitis de cultura





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