Kafe aleak 97
k&g
 Ibon Egaña
Nick Cave and the Bad Seeds   -   No More Shall We Part
Mute records, 2001
bo


Resulta curioso comprobar cómo construimos los recuerdos y nuestras propias historias sobre nuestros discos favoritos. Creo que supe de Nick Cave leyendo una entrevista a Anari; puede que no fuera así, pero al menos yo así lo recuerdo. Siguiendo aquella pista, llegué a No more shall we part, el disco que Nick Cave and the Bad Seeds acababan de publicar, hace ahora diez años; prueba, quizás, de que a los nacidos en los ochenta las cosas nos han llegado al revés o no, al menos, de la misma manera que a las generaciones anteriores.

Yo tenía veinte años y recuerdo lo que nos decía aquel amigo de treinta, cómo nos hablaba desde la envidia y el escepticismo treintañero (y desde cierto paternalismo, dicho sea de paso) a aquellos chavales apasionados que teníamos aún por descubrir toda la discografía de Nick Cave. Una década más tarde, me toca estar en el lugar de aquel amigo y acepto con resignación que cuesta más el entusiasmo absoluto ante un disco o un libro, la sorpresa y la sensación de que se te abre un mundo nuevo; que cada vez resulta más difícil encontrar resquicios de lo sublime en el arte. No sé si fue así, pero me gusta pensar que este disco me abrió muchos caminos: el que conduce a la propia discografía de Cave (a sus discos anteriores y posteriores), a un mundo referencial nuevo y a estéticas que por entonces me eran ajenas. De la misma forma que me gusta pensar que unos años antes Hautsi da anphora de Ruper Ordorika me descubrió la poesía y la misma literatura. Por eso pienso que, si en una entrevista chorra de un diario me preguntaran sobre mi disco favorito, contestaría No more shall we part. Por eso, y porque al escucharlo diez años después me sigue emocionando. Y porque muchas veces la mentira que uno se cuenta a sí mismo sobre su disco favorito no admite demasiados cambios, para qué negarlo.

Lejos del rudo blues-rock de sus inicios y después de publicar en 1997 The boatman's call, un disco sustentado casi únicamente en el piano, Cave publicó No more shall we part, un trabajo en buena medida continuista respecto al anterior, pero sólo hasta cierto punto, pues si bien la huella de las elegantes baladas de amor del disco anterior está presente en el de 2001 (Love letter, And no more shall we part), Cave, que se acercaba cada vez más a la imagen del crooner, evitó acomodarse y acabar componiendo música de salón. Y es que al que pretenda dormir con la música de este disco lo agitarán de repente en la cama las guitarras y la voz áspera y desesperada de Cave en Fifteen feet of pure white snow. Quizá porque ésta es música de una noche de insomnio, más que música para dormir, un disco que refleja el desasosiego y la angustia, la imposibilidad alcanzar la calma de las noches de insomnio. Ante la mediocridad y la angustia, Cave, unas veces acariciando y otras veces aporreando el piano, busca en algo supremo (el amor, la belleza, dios) incesantemente la calma, de manera que muchos de sus temas casi son oraciones (cuando repite como un mantra Oh my Lord o Hallelujah, con las McGarrigle en los coros). Sin embargo, el australiano rara vez hace concesiones a su público e incluso en las canciones más espirituales, se abre paso la ironía, dejando a uno sin saber a qué atenerse (God is in the house). Pienso ahora que quizá las canciones de Nick Cave han llenado el vacío dejado por las canciones de misa de mi infancia católica, eso sí, desde cierta distancia irónica, ahora que ningún otro misticismo nos resulta creíble.

El disco, como la mayoría de las obras de Cave, se basa en un juego de dicotomías potentes (la calma y la intensidad, el bien y el mal, lo bello y lo monstruoso, la armonía y el ruido, el cielo y el infierno, la ironía y la trascendencia) e igual que el violín de Warren Ellis, que cuando se grabó este disco estaba adquiriendo cada vez mayor protagonismo entre los Bad Seeds, las canciones se mueven entre armoniosas melodías y ásperas partes recitadas que rozan la disonancia, de la misma manera que Cave a veces susurra y otras veces grita. Sí, quizá por eso me sigue emocionando este disco diez años después, porque por medio de la música y de las letras me habla de las ambivalencias propias de la vida, porque me ofrece lo que le pido a las obras de arte: una especie de calma que en el fondo lleva al desasosiego, y porque me da motivos para seguir creyendo en la belleza, en algo parecido a lo sublime (sí, sublime, lo siento). O, al menos, es lo que quiero creer.




Ibon Egaña
Urnieta, 1981
Literatur kritikaria






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